Huaytapallana – Una aventura inolvidable

Hace ya más de una década atrás; en el año 2001 para ser exactos, mi padre se encontraba destacado como jefe de la base militar en Huancayo, una ciudad ubicada en la cordillera central de los andes del Perú a unos 3300 m.s.n.m., donde vivía con mi madre mientras que yo y mis hermanos estudiábamos en Lima. Siempre que era posible “subíamos” a visitarlos y pasar unos días con ellos y conociendo mucho más de nuestro hermoso país.

Un fin de semana, mi hermana menor y yo, decidimos ir a visitar a mis padres con unos amigos; amigos de mi hermana y los míos. Se nos ocurrió ir a hacer una caminata a uno de los nevados más famosos de la región, la montaña de Huaytapallana que tiene una altitud de 5.557 metros en su pico más alto. Obviamente nosotros sólo queríamos hacer un paseo corto pero llegar a tocar la nieve que se encontraba a las faldas del piso de la montaña a unos 5100 m.s.n.m. puesto que no era época de nevadas.

Subimos con un chófer que trabajaba con mi padre y al rededor de 7 amigos, 2 horas aproximadamente de carretera afirmada desde Huancayo hasta el punto de inicio de los  andinistas, un lugar llamado “Virgen de las nieves” a unos 4400 m.s.n.m. y donde una humilde casita de una familia del lugar mostraba el punto de inicio del recorrido.

Preguntamos en la casa si alguien era guía o conocían a alguno por la zona y, efectivamente, un joven se ofreció a guiarnos por los caminos hasta tocar las faldas del pico del nevado. Era mejor ir con un lugareño y más aún si era un guía que conocía los mejores caminos.

Empezamos el recorrido, aunque al inicio eramos los 7, a los pocos minutos 3 de ellos decidieron tirar la toalla (rendirse) y quedarse en el carro con el chófer hasta nuestro regreso, así que con mi hermana Rocio, Herman y Chiqui continuamos la aventura que en teoría duraría unas 2 horas.

Nuestro guía, que para ponerle nombre le llamaremos “Pedro” y su perro “serafín”, nos contaba algunas historias (el perro no, obviamente) sobre la montaña, las ofrendas que los lugareños suelen dejar, las creencias de los mitos y duendes y además nos explicó que Huaytapallana significa en quechua lugar donde se recogen las flores.

El día era radiante, sol, cielo azul y ante nosotros el trayecto hacia nuestra meta, la enorme montaña que parecía muy cerca pero no era así. La altura nos empezaba a afectar, a más de 4000 metros de altura, el oxígeno y la presión de altura nos hacía lentos y la cabeza empezaba a doler, el mal de altura mas conocido como “soroche”. No pensábamos jamás en rendirnos, el camino era hermoso, las vistas de las lagunas a lo lejos que reflejaban como espejos el cielo azul y la silueta del nevado a lo alto contrastaban con el hermoso cielo azul. Los lugareños pasaban rápidamente por nuestro lado, como si fuesen super ligeros y nosotros sacos de papas de 200 kilos casi arrastrando los pies para poder andar.

Casi 2 horas nos tomó llegar finalmente a nuestro destino, poder tocar la nieve y sentirnos ganadores, “todo esfuerzo vale la pena” y así es como nos sentíamos en ese instante. En ese momento, las nubes empezaron a aparecer rápidamente, bloqueando en su totalidad el cielo azul, la silueta de la montaña, los paisajes y finalmente estábamos metidos en una nube, sí, la niebla empezaba a cubrir nuestra visión a nuestro alrededor. Jugamos un poco en la nieve, nos emocionamos y nos tomamos algunas fotos, mientras escuchábamos fuertes estruendos que venían desde el cielo, como si estuviese partiéndose en dos. El guía nos dijo que no nos preocupemos porque, como dijo anteriormente, no era época de lluvias ni nevadas, pero que igual tendíamos que empezar el descenso a nuestro punto inicial.

De pronto, el cielo nos “regaló” un espectáculo de la naturaleza; empezó a nevar. La nieve era densa, rápido copos de nieve empezaron a cubrir el camino por donde habíamos llegado y el poco paisaje que alcanzábamos a ver. Empezamos nuestra marcha a paso acelerado siguiendo al guía quien esta vez decía que nos llevaría por un corte de camino para poder llegar antes que oscurezca, hasta ese momento ya teníamos unos 3 horas de caminata y la nieve empezó a jugarnos una mala pasada.

El frío era intenso, no habíamos ido con ropa especial para una nevada ni zapatos para andar sobre la nieve. Mientras andábamos por un camino prácticamente invisible, la nieve empezaba a cubrir nuestros hombros, nuestras zapatillas empezaron a humedecerse y la nariz empezaba a congelarse. Serafín caminaba junto a nosotros todo el tiempo pero esta vez llevaba nieve sobre su lomo al igual que nosotros. El frío era tal que ni siquiera me atreví a sacar la cámara del bolsillo porque mis manos, sin guantes, se congelarían.

El camino prácticamente desapareció de nuestras vistas, la oscuridad empezaba a ser cada vez más intensa y nuestro paso cada vez más lento. En un momento de subida, mi cuerpo ya no podía mas, mi mente empezaba a luchar fuertemente para pensar en algo cálido y no sentir tanto frío pero era casi imposible, Herman casi no hablaba nada y caminaba mas adelante junto con el “guía” y Chiqui con mi hermana casi junto a mi. Mi hermana empezó a quejarse, como era obvio, el frío, el dolor de cabeza, la falta de oxígeno y el mareo, oh si, recuerdo muy bien que mi hermana se sintió mareada y casi se tambalea al borde del abismo y Chiqui logró sujetarla, Rocio me decía que ya no podía más y yo, en mi mente sentía lo mismo pero no podía rendirme ni decirle que yo también lo estaba. “¡Vamos hermanita, tú puedes!” le repetía una y otra vez y ella respondía sin decir una palabra, sólo entregaba su mayor esfuerzo para dar un paso y otro y otro más. No se rindió jamás, a pesar de sus lamentos y poca fuerza, ella supo sacar de los más profundo de su ser esa fuerza para no rendirse, porque el camino no se veía claro pero las ganas de vivir eran más fuertes que la sensación de entregarse al mal tiempo y dejar que nos termine ganando. En un momento abracé a mi hermana y le dije que me perdone, en mi cabeza sólo existía una pregunta: ¿porqué había metido a mi hermana en esta situación? me sentía muy mal porque la idea de subir a la montaña fue mía, pero jamás imaginé que pasaríamos ese mal y frío rato en aquel hermoso paraje.

La oscuridad llegó y sin linterna ni nada para alumbrarnos, seguimos nuestro lento y ya fatigado andar, ya era casi imposible realmente, y por segunda vez en mi vida hasta ese entonces, me sentía morir pero mi hermana me daba fuerzas, por ella seguiría y si ella caía yo estaría a su lado y hasta la hubiese cargado e intentado de todo para poder ponerla a salvo.

La poca luz que las nubes reflejaban – seguramente de la luz de la Luna sobre la nieve – ayudaba un poco a ver algo a nuestro alrededor y aunque ya nuestro cuerpo estaba realmente frío y agotado, creo que todos pensamos que ese no era nuestro final. Hasta que de pronto escuchamos un grito a lo lejos repitiendo nuestros nombres; ¡Era el chófer! con una linterna y 2 soldados que había llegado a buscarnos porque las 5 horas desaparecidos le habían preocupado y fue a traer ayuda. Gritamos con las pocas fuerzas que nos quedaban – ¡Aquí estamos! – y enseguida las luces se acercaban rápidamente hacia nosotros hasta finalmente encontrarnos. Los 3 salvadores no dudaron en ofrecernos sus abrigos, a mi hermana la llevaron en brazos para evitar que siga tocando la nieve y ya pocos metros después llegamos a la casita desde donde iniciamos la aventura.

La señora de la casa nos invitó a pasar, inmediatamente nos sacó mantas mientras nosotros nos quitábamos todo atuendo mojado y frío que teníamos. Nos sentamos junto a unas lámparas de kerosene e intentar calentar nuestros pies, la amable señora nos ofreció bebidas calientes, mate de coca para el soroche y calentar nuestro cuerpo.

Veía a mi hermana sonriendo y me sentía feliz y orgulloso de ver que entregó todas sus fuerzas y más, para no dejarse caer ni vencer por las inclemencias del tiempo. La aventura fue genial y la moraleja también; porque uno aprende que en la vida hay momentos buenos y momentos malos, que a  pesar de que todo es hermoso a nuestro alrededor, el sol puede dejar de brillar y, si no estamos preparados, el camino puede ser difícil y lento, pero no imposible. Que realmente no nos conocemos interiormente, no sabemos de lo que somos capaces y aveces nos sorprendemos de nosotros mismos. Que nada dura para siempre, la oscuridad siempre termina y el sol volverá a brillar en un nuevo día. Que la vida sigue enseñándonos nuevos caminos pero que cada paso dependerá siempre de nosotros mismos.

Esta historia fue real y, aunque la cuento desde mi punto de vista, estoy seguro que mis amigos Herman y Chiqui, también vivieron y sintieron sensaciones similares y que, además,  jamás olvidaremos ese día, esa montaña que nos dio una lección de vida y esa fuerza que, no se de donde, sacamos cada uno para seguir andando.

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Nuestra ruta fue la verde

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Las nubes empezaron a alcanzarnos

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Con mi hermana Rocio y Herman

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Los lugareños

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Chiqui y las lagunas

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5100 metros de altura

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Calentando el cuerpo y alma

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2 comentarios en “Huaytapallana – Una aventura inolvidable

  1. Me encantó! Sobre todo por el aprendizaje de vida. Me encantan tus historias, pero esta sobretodo significa mucho!!! Te quiero primo ❤❤❤

  2. Recuerdo que cuado yo fui me
    Quede a mitad de camino en el
    Carro jeje. En eso tu eres más aventurero hermano! Y que buenas fotos!

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